lunes, 25 de junio de 2007

El viaje

A veces hasta lo más obvio es confuso.

Me subí al colectivo apurada, con sueño, quería llegar a casa. Encontré asiento y me tranquilicé, aunque sabía que tenía, por lo menos, una hora de viaje y que no debía dormirme o pasaría de largo. Me ubiqué en el cuarto asiento de la columna individual. Me acomodé, abrí el diario.

Unas paradas después se subió una mujer que llamó mi atención. Era una mezcla de Tina Turner colorada con Nina Peloso. De estatura pequeña, apenas llegaría al metro cincuenta, calculé. El cabello con rulos de color rojo medio anaranjado y unos centímetros de canas desde la raíz. La postura entre cansada y masculina. Llevaba un jean elastizado y una campera azul a rayas. Tenía gesto de estar enfermándose de gripe o algo por el estilo, pero en la época del año en que estábamos eso no me sorprendió tanto. Se paró justo delante de mi asiento, perdió su mirada por la ventanilla.

Otras paradas más tarde se subió un hombre de aspecto desprolijo y agotado. Tenía el pelo canoso y recogido con una colita en una especie de rodete improvisado. La mirada cansada, labios finos, nariz ancha, y una altura por encima del metro ochenta, calculé. Llevaba un pantalón de corderoy celeste y un pulóver de lana azul. Se paró detrás de la mujer que acabo de describir, puso sus dos manos en el caño, por encima de ella.

Me chocó un poco la imagen, me sobresalté. El gesto era incómodo a la mirada ajena. Este hombre detrás de esta mujer, sosteniéndose del mismo caño, separados por pocos centímetros. Me sugería una situación de entre casa, de confianza, no de dos desconocidos en un colectivo.

Apenas un instante pasó desde que pensé todo esto a que el hombre lentamente bajó sus manos por el caño y las trasformó en un suave abrazo que la rodeaba a ella. Ella, que no tenía aspecto de incomodidad. Y en ese preciso momento él se adelantó tanto sobre ella que sus cuerpos se juntaron como si fuesen imanes atrayéndose.

Me aceleré, pensé en treparme del cuello de este potencial violador, gritar para que el resto de los pasajeros intervinieran. Me frenó el gesto de ella. Ella no parecía disgustada, ni siquiera incómoda.
Giró sobre sí, lo miró y lo besó.

Me quedé helada, creo que hasta el sueño se me había ido.

¡Giró y lo besó!

Eso, que a la mirada ajena, en este caso la mía, era una posible violación, un degenerado queriendo aprovecharse de una mujer en un colectivo, para ellos dos, y sólo ellos, era un saludo, posiblemente hasta un juego de seducción que terminaría vaya a saber dónde. Estaría acordado de antemano y por eso la mujer no se sorprendió. Estaría hablado y hasta reirían juntos de las miradas extrañas ante tal puesta en escena y por eso el hombre se movió con confianza. Sería para ellos un juego dulce e inocente. Para ellos que la tenían clara y sabían lo que hacían. Para ellos que entendían y sobreentendían que eso era un lindo encuentro y no un espectáculo como se presentaba ante mis ojos. No para mí.

Pensé que era obvio que este hombre no iba a meterse en un colectivo a violar a una mujer con cuarenta personas rodeándolo. Por ahí, simplemente, tenían algún placer en ser vistos, pero después de todo no fue más que un abrazo, bueno y una sutil apoyadita. Pero eso, que hasta hacía un instante me había alterado, ahora se posaba como un gesto de romanticismo.

Me sentí rara por haber imaginado semejante situación. Me alivié pensando en que había sido, sencillamente, un malentendido.

viernes, 15 de junio de 2007

Viejo puente, viejos tiempos…

Era el año ´78, hacía ya un tiempo que nos estábamos viendo con Lucas. Lucas vivía en Carmen de Patagones y yo en Viedma. Con lo cual vernos era, por lo menos, trabajoso. Pero las ganas, pero querer a veces es suficiente… y así era. Eso sí, a escondidas. El único que sabía era el vecino de Lucas, que por las noches se encargaba de vigilar el puente viejo. Y claro que en esos años el puente nuevo no existía, no, ése se construyó después, con el gobierno de Alfonsín, que quería llevar la capital a Viedma.
Nos veíamos a la noche, siempre sobre el puente. Y ahí nos escondíamos y nos quedábamos varias horas. Lucas me leía, me contaba historias, cómo le gustaba hablar de la historia. Así conocí a Nietzsche, a Cortazar, a Pessoa… así me contó de la magia del puente viejo.
Lucas me decía, que el puente viejo, tenía olor a silencios, a dolores, a años. Tenía pasos de ida y vuelta. Tenía la imagen de Borges, visitando el sur. El puente viejo, en verdad era mágico, fue testigo de encuentros y desencuentros. De tristezas, de suicidios, de llantos de bebés, de perros perdidos… y me contagió su amor, era verdad, sí, el puente viejo es mágico.
Entre tantas noches nuestra relación comenzó a profundizarse, a afianzarse. Yo estaba tan enamorada de él, que creo que él se dio cuenta, justo a tiempo. O, bueno, puede que él justo se haya enamorado de mí también, en ese preciso momento.
Éramos tan chicos, apenas 18 años teníamos. Y, esa época era muy particular, los milicos dando vueltas, teníamos que tener mucho cuidado. Pero en sus brazos, no sentía miedo, estaba a salvo, me sentía segura.
A esa edad, comencé a reconocer mi cuerpo, y para mi desdicha descubrí que no me sentía cómoda. No me gustaban mis tetas. No, no me gustaban, las veía tristes, flojitas, no sé, feas. Creo que hasta las odié. Y justo a esa edad, cuando el fuego quema por dentro, sentía que estaba perdida, que no iba a poder desnudarme jamás frente a Lucas, me daba vergüenza.
Nuestras noches empezaron a ser más largas, más profundas, más húmedas. Ah, y en esa época no existía el push-up!, no, nada de magia, lo que había había.
Una noche, cuando las caricias eran irrefrenables decidí enfrentar la situación, y le conté a Lucas mi problema. Sí, lo de mis tetas. Le dije que no me quitaría el corpiño, y que él debía entenderme sin hacer un interrogatorio al respecto. Tema cerrado, así me protegía, ese era mi escudo, esa era mi orilla, mi límite, y por nada él podría llegar.
Comenzamos a amarnos cada noche en el puente viejo. Cada noche era un concierto, un descubrimiento, un encuentro lindo, placentero.
Cuando la relación se puso más seria, el corpiño se transformó en un problema para Lucas. Se enojaba, no me entendía. Y recibí el gesto de amor más grande en años…
Lucas me esperó, como cada noche, en la mitad del puente. Nos quedamos ahí varios minutos en silencio contemplando la luna, la silueta de dos ciudades delineadas por las luces que en la inmensidad de la oscuridad parecen países enormes. Después, me tomó la mano y caminamos hacia nuestro lugar, nuestra guarida. Llegamos, me pidió que cierre los ojos, y comenzó la función… me besó, me besó toda la cara, después de deslizó por el cuello, y yo con la respiración nerviosa. Volvió a mis hombros y besó cada vértebra de mi columna, de norte a sur. Subió y se quedó justo a media espalda, donde el broche del corpiño irrumpía su suave deslizar, y ahí, sin más, con sus dientes logró zafar el broche. Se movió, lentamente hacia mis tetas y las besó, una y otra vez, las acarició, las humedeció, se alejaba y volvía, otra vez y otra más. Todavía me parece sentir el calor de su respiración en mi pecho. Suave, pausada, intensa… se ayudó con las manos para sacarlo por completo y me pidió, casi inaudible, que abra los ojos. Me miró con el corpiño en su mano izquierda y, sin dudar, lo lanzó al medio del río…
Me sentí desnuda, desprotegida, chiquita…
Lucas, no dejó de mirarme un solo instante y balbuceó: me gustás, así, como sos… no te escondas, no te tapes, desnuda sos hermosa…tu corpiño es la razón que le faltó a Goya para pintarte… tranquila… todo está bien…
Y me perdí, me dejé llevar por sus palabras, por su inmensidad que me hacía grande, que me hacía mujer…
Esa noche, y con el puente viejo como único testigo de la magia que nos envolvía, entendí que descubrir no es aceptar, y que para aceptar, a veces, es necesario cruzar el puente…